martes, 1 de septiembre de 2009

SEGUNDA UNIDAD. México Prehispánico. 2500a.C a 1521 d.C.

Introducción

Estudiar el dilatado periodo de 4021 años (2500 a.C -1521 d.C.) del México Prehispánico, en doce horas, es todo un desafío; sin embargo, en el marco de un programa de estudio, la unidad sólo representa una parte de un complejo proceso que ha de contribuir al desarrollo de diversas habilidades, tanto las de pensamiento como las propiamente disciplinarias, así como a desarrollar, sobre todo, una actitud de comprensión, respeto y tolerancia ante las creaciones de diversas culturas. La unidad no está, por tanto, dirigida a estudiantes de licenciatura ni mucho menos a especialistas, sino a estudiantes de un Bachillerato que busca desarrollar, esos sí, un conjunto de habilidades que contribuyan de manera poderosa a lograr su autonomía en el complejo proceso de aprender a aprender.
Sin duda, las maneras de abordar la unidad pueden ser múltiples y diversas, pero en el caso concreto de esta propuesta, atendemos de manera puntual a los contenidos declarativos indicados en el programa y, sobre todo, diseñamos estrategias que nos permitan desarrollar los aprendizajes propuestos y en consecuencia alcanzar el propósito de la unidad que consiste en: “Analizar el desarrollo histórico de los pueblos prehispánicos en su diversidad espacial y temporal, con base en las distinción de las principales culturas para determinar los rasgos significativos de la civilización en el México prehispánico y su incidencia en el acontecer histórico mexicano”.
En esta unidad pondremos en tus manos procedimientos para interpretar mapas históricos, construir e interpretar frisos, visitar el museo con una guía de observación, analizar textos y construir mapas conceptuales que permitan contribuir, desde la enseñanza de la Historia, al desarrollo de diversas habilidades intelectuales como: observar, inferir, contrastar, analizar, registrar, comparar, formular hipótesis y deducir, entre otras.
Primera sesión
Contenido declarativo: Regiones del México Prehispánico
Aprendizaje: Los alumnos
Formulan hipótesis en torno a por qué en Mesoamérica se desarrollaron culturas con otro nivel de complejidad al de Oasisamérica y Aridamérica.
Aplican un procedimiento para interpretar mapas, los usan como
fuentes.
Estrategia: los alumnos trabajan el mapa como fuente de información, identifican las características ambientales de cada una de las regiones, a partir de diversos tipos de mapas y la superposición de ellos.

En la unidad II nos fijamos como meta iniciar al alumno en el aprendizaje y comprensión de diversas herramientas de trabajo del historiador.
La primera consiste en confrontar al alumno con el uso del mapa como fuente, es decir, como documento que debe ser interrogado para extraer información, asumiendo una actitud inquisitiva ante él y no sólo de dibujante. Por lo que es necesario saber interrogarlos, o sea saber formular preguntas, en este sentido, las preguntas formuladas al mapa nos develan su naturaleza y nos permite comprender de manera indirecta un hecho.
Primera sesión
Contenido declarativo: Regiones del México Prehispánico
Aprendizaje: Los alumnos
Formulan hipótesis en torno a por qué en Mesoamérica se desarrollaron culturas con otro nivel de complejidad al de Oasisamérica y Aridamérica.
Aplican un procedimiento para interpretar mapas, los usan como
fuentes.
Estrategia: los alumnos trabajan el mapa como fuente de información, identifican las características ambientales de cada una de las regiones, a partir de diversos tipos de mapas y la superposición de ellos.

En la unidad II nos fijamos como meta iniciar al alumno en el aprendizaje y comprensión de diversas herramientas de trabajo del historiador.
La primera consiste en confrontar al alumno con el uso del mapa como fuente, es decir, como documento que debe ser interrogado para extraer información, asumiendo una actitud inquisitiva ante él y no sólo de dibujante. Por lo que es necesario saber interrogarlos, o sea saber formular preguntas, en este sentido, las preguntas formuladas al mapa nos develan su naturaleza y nos permite comprender de manera indirecta un hecho.

El problema:
¿Por qué en Aridoamérica sólo se pudo desarrollar la vida del cazador y el recolector, qué había en la región de Mesoamérica que hizo posible el florecimiento y establecimiento de importantes culturas que dieron origen a una compleja civilización?
El problema:
¿Por qué en Aridoamérica sólo se pudo desarrollar la vida del cazador y el recolector, qué había en la región de Mesoamérica que hizo posible el florecimiento y establecimiento de importantes culturas que dieron origen a una compleja civilización?

Segunda sesión
Contenido declarativo: Horizontes culturales (Preclásico, Clásico y Postclásico)
Aprendizaje: A partir del análisis de un friso histórico, el alumno trabaja los conceptos de preclásico, clásico y postclásico para identificar los cambios y las continuidades de los últimos 4021 años de los grupos humanos establecidos en Mesoamérica.

Para trabajar la periodización del mundo mesoamericano utilizamos un friso histórico de doble entrada y manejamos de manera simultánea dos variables: los horizontes (preclásico, clásico y postclásico) y las regiones (Altiplano central, región oaxaqueña, Costa del Golfo, región Maya, Occidente y Aridamérica). Junto al parámetro tiempo utilizamos el mapa de ubicación de las principales culturas, parámetro espacio. De esta manera, ponemos en tus manos dos instrumentos básicos del saber histórico: tiempo y espacio. Ya en la clase anterior trabajamos el espacio, ahora le daremos al espacio habitado por los grupos humanos su dimensión histórico temporal. El punto es ir más allá de la idea de cronología (divisiones temporales) para que logres captar la noción de proceso en los conceptos de preclásico, clásico y posclásico; comprendiendo los cambios y las continuidades, a lo largo de cuatro mil años.

Tercera sesión

Contenido temático: Principales culturas
Aprendizaje: Los alumnos
Apreciaran los rasgos distintivos de la civilización mesoamericana y su continuidad histórica.
Reflexionan en torno al uso hegemónico del uso de los museos. (el indio ayer y hoy)
Estrategia: Los alumnos
Leen y analizan el subtema la forja de una civilización del texto de Bonfil Batalla México Profundo.
Visitan el museo de Antropología con “guía de observación” para captar continuidades y cambios ente las culturas: Olmeca, Teotihuacana y Mexica. Los alumnos exponen en clase el resultado de su visita.

Introducción
A partir de la revolución agrícola en la región de Mesoamérica (entre 7500 y 5000 años antes de Cristo) los grupos humanos que habitaron este hábitat, iniciaron un acelerado proceso de transformación y cambio que se expresa en un creciente dominio sobre su medio ambiente, así como una mayor complejidad en las formas de organización política, distribución y apropiación de los excedentes, su cosmovisión del mundo y los complejos urbanos creados por ellos; conformaron una civilización original.
El Problema:
¿La civilización mesoamericana desapareció con la derrota de los Mexicas ante los conquistadores españoles?
Los alumnos formulan hipótesis:
Después de formular sus hipótesis les solicitamos que lleven a cabo la lectura de la forja de una civilización. (Fuente secundaria). Aplican el procedimiento de análisis de texto.
COMENTARIO DE TEXTO HISTORICO
Ø Lectura comprensiva
Ø Clasificación del texto: tipo de texto (enumerativo, secuencial, comparación/contraste, causas/efectos, ampliación de un concepto, enunciación/resolución de un problema), localización espacio temporal, autor, y destinatario.
Ø Análisis del texto: Tema, idea principal e ideas secundarias.
Ø Comentario histórico: Límites cronológicos, antecedentes, hechos, consecuencias, valoración y crítico
Ø Conclusión: Síntesis y resumen


Las actividades sugeridas se proponen para realizarlas por equipos de tres a cinco alumnos.
Proponemos, a los alumnos, llevar cámara fotográfica, grabadora y si es posible video, para registrar: maquetas, cerámica, esculturas, mapas, objetos, etc.
En el museo
v Registran en una tarjeta el mensaje que despide al visitante, grabada en el enorme paño interior de la fachada, sobre sus puertas de acceso.
v Con relación a las salas a visitar observan con detenimiento las maquetas (su disposición y orientación geográfica) qué representan los centros urbanos de cada una de las culturas a observar.
v Registran los objetos y expresiones religiosas ligadas con la agricultura.
v Observan objetos producto del tributo que imponían y del comercio que tuvieron con otros pueblos, a quienes llegaron a dominar. Trazar un mapa donde se exprese las zonas que dominaron, así como las rutas comerciales y tributarias.
v Identifican objetos relacionados con ritos funerarios, el sacrificio humano y la guerra.
Observar y analizar objetos relacionados con la muerte.
En el salón de clase
El material recopilado se llevará al salón de clase para continuar elaborándolo. Por equipo comentan las siguientes preguntas.
¿Cómo se expresa la idea de proceso al observar los estadios de desarrollo alcanzado por los Olmecas, Teotihuacanos y Mexicas?
¿Cuáles son los elementos comunes que comparten estas tres culturas?
¿Por qué podemos afirmar a partir de la información analizada que estamos ante una civilización original?
En plenaria los estudiantes en sus equipos de trabajo comunicarán sus hallazgos a sus compañeros, lo que brinda la oportunidad de aprender en forma colectiva. El grupo hace un análisis de la experiencia y llegan a conclusiones.
Esta actividad la evaluamos con la entrega de un reporte que muestre de forma ordenada el trabajo desarrollado en el equipo.
LA FORJA DE UNA CIVILIZACIÓN

Nuestro territorio, como los territorios de casi todos los países del mundo, han visto transitar, surgir y desaparecer en él, a lo largo de milenios, una gran cantidad de sociedades particulares que podemos llamar, en términos genéricos, pueblos. Pero, a diferencia de lo que ocurrió en otras partes, aquí hay una continuidad cultural que hizo posible el surgimiento y desarrollo de una civilización propia.
Según la información disponible, hace por lo menos 30 mil años que el hombre habitaba en las tierras que hoy son México. Los primeros grupos se ocupaban en la cacería y la recolección de productos silvestres, Unos parecen haberse dedicado a cazar las grandes especies de la fauna desaparecida, como el mamut, el mastodonte, el camello y el caballo, en tanto que otros, probablemente por las condiciones del medio en el que se movían, cazaban o pescaban especies menores y dependían más de la recolección. La gran fauna desapareció del territorio mexicano aproximadamente 7 mil años antes de nuestra era, tal vez debido a cambios climáticos que le impidieron sobrevivir. De aquellas bandas se han encontrado restos fósiles, utensilios de piedra y algunas armas directamente asociadas con esqueletos de los grandes animales que mataban. Eran grupos nómadas que requerían de un territorio muy amplio para asegurar la subsistencia y vivían en cuevas y abrigos temporales que abandonaban a poco tiempo de ocuparlos.
La reducción de la fauna y la mayor dependencia de la recolección influyeron seguramente en el inicio de un proceso fundamental: la domesticación y el posterior cultivo de las plantas. La civilización mesoamericana surge como resultado de la invención de la agricultura. Éste fue un proceso largo, no una transformación instantánea. La agricultura se inicia en las cuencas y los valles semiáridos del centro de México entre 7 500 y 5 000 años antes de nuestra era. En ese periodo comienzan a domesticarse el fríjol, la calabaza, el huautli o alegría, el chile, el miltomate, el guaje, el aguacate y, por supuesto el maíz. El cultivo del maíz constituye el logro fundamental y queda ligado de manera indisoluble a la civilización mesoamericana. Su domesticación produjo el máximo cambio morfológico ocurrido en cualquier planta cultivada; su adaptación permitió su cultivo en una gama de climas y altitudes que es la más amplia en comparación con todas las demás plantas cultivadas de importancia. Debe recordarse que el maíz sólo sobrevive por la intervención del hombre, ya que la mazorca no dispone de ningún mecanismo para dispersar las semillas de manera natural: es, de hecho, una criatura del hombre. Del hombre mesoamericano. Y éste, a su vez, es el hombre del maíz, como lo relata poéticamente el Pop Wuj, “Libro de los Acontecimientos” de los mayas Kichés:

así fue como hallaron el alimento y fue lo que emplearon para el cuerpo de la gente construida, de la gente formada; la sangre fue líquida, la sangre de la gente, maíz empleó el Creador, el Varón Creado (...) Luego tomaron en cuenta la construcción y formación de nuestra primera madre y padre, era de maíz amarillo y blanco el cuerpo, de alimento eran las piernas y los brazos de la gente, de nuestros primeros padres; eran cuatro gentes construidas, de sólo alimento eran sus cuerpos.
(Versión de Adrián I. Chávez.)

El maíz y la propia agricultura, no adquirieron de inmediato la importancia que les estaba destinada. Sus inventores continuaron practicando la recolección y la cacería como actividades principales y usaban los productos cultivados de manera complementaria, aunque en proporción creciente. Hacia el año 3000 antes de nuestra era, los habitantes de las pequeñas aldeas que se han descubierto cerca de Tehuacan sólo obtenían el 20% de sus alimentos de las plantas cultivadas, en tanto que el 50% provenía de la recolección y el resto era producto de la caza. Sin embargo, llevaban ya una vida sedentaria, habían aumentado la variedad de cultivos e incluso criaban perros para su alimentación. Entre los años 2000 y 1500 antes de nuestra era culmina el proceso de sedentarización y los productos cultivados representan ya la mitad de la dieta. Se ha explicado este cambio por el hecho de que el rendimiento del maíz debió alcanzar la cantidad de 200 a 250 kg por hectárea, lo que ya lo hacía más redituable que la recolección. Surgen entonces las aldeas permanentes donde, además, se fabrica cerámica inventada hacia el año 2300. Puede decirse que en ese momento (1500 antes de nuestra era) da comienzo la civilización mesoamericana. Por entonces se inicia en las tierras cálidas del sur de Veracruz la cultura olmeca, considerada la cultura madre de la civilización mesoamericana.
No es este el lugar para presentar un panorama, aunque fuera muy esquemático, del desarrollo de esta civilización desde sus orígenes hasta los albores del siglo XVI. Es un proceso complejo y diversificado cuyo conocimiento se enriquece constantemente con nuevos hallazgos arqueológicos e históricos. Baste señalar que los especialistas han establecido ciertos periodos cronológicos que coinciden, en sus trazos más generales, en las distintas regiones mesoamericanas. Así, se conoce un periodo preclásico o formativo que barca del año 2000 antes de nuestra era al año 200 d.C., aproximadamente. Entre 800 y 200 a.C., ocurre el auge de la cultura olmeca, surgen probablemente las primeras inscripciones, se establece el calendario que perfeccionarán más adelante los diversos pueblos mesoamericanos y se tallan esculturas monumentales que hoy nos asombran por la calidad técnica de su factura y por su armonía plástica.
La influencia de la cultura madre se hace evidente por diversos rumbos. En el norte de Veracruz se desarrolla la cultura llamada Remojadas, cuya tradición la continuarán más tarde los totonacas; en Oaxaca da comienzo la cultura zapoteca y en la península de Yucatán, al parecer como resultado también de la influencia olmeca, se sientan las bases iniciales de lo que será la cultura maya, cuyo perfil inconfundible quedará definido al finalizar este periodo. En los valles centrales, durante la misma época, se desarrolla en ciertos sitios una agricultura intensiva que hace uso de terrazas artificiales, canales, represas y chinampas, posibles gracias al surgimiento de una forma de organización social que los arqueólogos han denominado señoríos teocráticos. Al finalizar el preclásico están sentadas las bases de la civilización mesoamericana, cuyas principales culturas cristalizarán a partir de ese momento.
Al iniciarse el periodo clásico, hacia el año 200 de nuestra era, se inicia también la cultura teotihuacana, que se expandió ampliamente durante los cinco siglos siguientes y cuya influencia posterior continúa hasta la llegada de los españoles. Teotihuacan, en el momento de su esplendor, era quizás la ciudad más poblada del mundo, gracias a la agricultura intensiva que se practicaba en los valles centrales del altiplano y a los tributos que recibía de pueblos sometidos a su hegemonía. Desde entonces, los valles centrales adquirieron la importancia que han mantenido hasta la fecha como eje político y económico de un vasto territorio que en algunas épocas rebasaba las actuales fronteras de México.
El poder de los valles centrales como punto de articulación descansaba inicialmente en el aprovechamiento óptimo de las características del medio natural, mediante el uso de tecnologías agrícolas mesoamericanas y el desarrollo de formas de organización social que permitían el control de una población numerosa y dispersa. Sin instrumentos de metal, sin arado, sin usar la rueda ni disponer de animales de tiro, se practicó una agricultura intensiva de alto rendimiento con el empleo de mano de obra relativamente reducida. Se aprovecharon los lagos de la cuenca de México para construir chinampas cuyo cultivo es de muy alta productividad; se hicieron grandes obras para impedir el paso de agua salada a los mantos de agua dulce; los propios lagos sirvieron como vías de comunicación que permitían el transporte fácil de personas y mercaderías entre muchas localidades ubicadas en la cuenca. En las laderas de las montañas que circundan el valle se acondicionaron los terrenos mediante terrazas y se construyeron canales para aprovechar mejor el agua. Por su posición geográfica, los valles centrales tuvieron la posibilidad de ser el punto de convergencia de productos que provenían de zonas climáticas muy distintas y no necesariamente muy distantes: paulatinamente se articularon nichos ecológicos diversos a través del intercambio comercial, algunas veces impuesto por la fuerza militar y el poder político correspondiente. Esa relación permanente hizo posible que una de las tradiciones culturales más importantes de la civilización mesoamericana, la del centro de México, se nutriera siempre de influencias muy diversas, incluso las que provenían de más allá de los límites septentrionales del área mesoamericana, a través del contacto con los grupos recolectores y cazadores de Aridamérica que frecuentemente penetraban hacia el sur, ora en forma pacífica, ora beligerante.
Pero no sólo el centro de México se desarrolló culturalmente aprovechando un intenso contacto con otras regiones mesoamericanas; de hecho, todas las culturas del área mantuvieron relación entre sí, directa o indirectamente. La diáspora tolteca que ocurrió a fines del siglo X de nuestra era influyó de manera notable en sitios muy distantes de las grandes ciudades de Tula, Teotihuacan o Cholula y produjo cambios trascendentes, por ejemplo, en el área maya, desde Chiapas hasta Honduras y Yucatán. Las culturas locales de pueblos que se situaban en la periferia de los centros de mayor desarrollo presentaban características que pueden relacionarse con rasgos culturales específicos de uno y otro de sus vecinos mayores; tal sucede en el caso de los itzáes que ocupan Chichén hacia el año 918 y que son chontales que provienen de las costas de Tabasco y poseen una cultura original en la que son visibles las influencias mayas y también las toltecas. El lento avance cultural de los primeros milenios se acelera a partir del momento en que la agricultura se convierte en la principal base económica y da origen a formas de vida colectiva que, dentro de la diversidad de sus rasgos peculiares, mantienen elementos comunes de civilización. El contacto intenso y prolongado entre las culturas con perfil propio que van surgiendo históricamente y entre los pueblos que las crean y desarrollan, que constituyen ya pueblos diferenciados, autónomos en algún momento, hizo posible que se consolidara la unidad de la civilización mesoamericana. Ese origen común es reconocido en muchos mitos y tradiciones de diversos pueblos; un fragmento del Pop Wu sirve de ejemplo:

¿Dónde quedó nuestra lengua? ¿Qué nos ha sucedido? Nos hemos perdido. ¿Dónde nos habrían engañado? Era una nuestra lengua cuando venimos de Tulan, sólo una era nuestra subsistencia, nuestro origen; no es bueno lo que nos ha sucedido –dijeron entonces las tribus bajo los árboles, bajo los bejucos.

La definición de Mesoamérica como una región cultural con límites y características precisas fue propuesta inicialmente por Paul Kirchhoff a partir de la distribución de un centenar de elementos culturales de muy diversa naturaleza, algunos de los cuales, aproximadamente la mitrad, estaban presentes exclusivamente en Mesoamérica (es decir, en una zona que abarca aproximadamente, al norte, desde el río Pánuco al Sinaloa pasando por el Lerma y, al sur, desde la desembocadura del Motagua hasta el golfo de Nicoya, pasando por el lago de Nicaragua), en tanto que otros aparecían también en otra o algunas otras de las áreas culturales que se reconocen en América. El estudio fundador de Kirchhoff se refería a la situación en el momento de la invasión europea y el propio autor prevé que investigaciones posteriores mostrarán variación de las fronteras mesoamericanas, especialmente en el norte, en diversas épocas del largo proceso de su desarrollo. Por supuesto, la simple presencia o ausencia de rasgos culturales tan disímiles y de significación tan diversa como “cultivo de maíz”, “uso de pelo de conejo para decorar tejidos”, “mercados especializados”, “escritura jeroglífica”, “chinampas” y “13 como número ritual”, a todas luces es insuficiente para caracterizar una civilización. Kirchhoff lo señala así y aporta otros datos y reflexiones entre los que destaca una conclusión importante que descansa en la información lingüística: la existencia de lenguas mesoamericanas cuya distribución indica, por una parte, una presencia muy antigua en este territorio y, por otra, un contacto y una relación constante entre los pueblos que hablaban esas lenguas dentro de los límites de la región. “Todo eso demuestra –señala Kirchhoff- la realidad de Mesoamérica como una región cuyos habitantes, tanto los inmigrantes muy antiguos como los relativamente recientes, se vieron unidos por una historia común que los enfrentó como un conjunto a otras tribus del continente.”
Hay, efectivamente, una relación de continuidad entre la invención del cultivo del maíz por las bandas recolectoras y cazadoras que vivían en las cuevas de Tehuacan hace 7000 años y el florecimiento de Teotihuacan a principios del siglo VII de nuestra era, igual que existe esa relación innegable entre la cultura teotihuacana y el desarrollo de las diversas culturas mesoamericanas hasta la invasión europea, independientemente que los pueblos portadores de esas culturas hablen lenguas distintas y se identifiquen con nombres diferentes. La civilización mesoamericana no es productos de la intrusión de elementos culturales foráneos, ajenos a la región, sino del desarrollo acumulado de experiencias locales, propias. Esto plantea una cuestión que surgirá intermitentemente a lo largo de esta obra: la adecuación básica de las culturas indias a las condiciones concretas en que existen los pueblos que las portan –lo que explica su diversidad- y, al mismo tiempo, la unidad que manifiestan más allá de sus particularidades y que se explica por su pertenencia a un mismo horizonte de civilización.
Otro hecho que conviene destacar es que prácticamente todo el territorio habitable estuvo habitado en algún momento del periodo precolonial. Esto significa que la civilización mesoamericana se nutre de experiencias que son resultado de enfrentar una gama variadísima de situaciones, tanto por la diversidad de los nichos ecológicos en que se dieron los desarrollos culturales locales, como por las características cambiantes de los pueblos que en muchos casos ocuparon sucesivamente esos nichos. Es sólo a partir de la invasión europea y la instauración del régimen colonial cuando el país se convierte en tierra ignota cuyos secretos y apariencias deben “descubrirse”. La mirada del colonizador ignora la ancestral mirada profunda del indio para ver y entender esta tierra, como ignora su experiencia y su memoria.
El contacto histórico incluye también a los pueblos que ocupaban territorios al norte de la frontera mesoamericana en la llamada Aridamérica. Fue una frontera inestable, fluctuante; y aunque aquellos pueblos no eran de estirpe cultural mesoamericana, su relación con la civilización del sur fue constante y no en todos los casos violenta: de hecho, algunos pueblos mesoamericanos eran en su origen recolectores y cazadores del norte que migraron y se asimilaron a la cultura agrícola y urbana de Mesoamérica. Se ha sostenido que Huitzilopochtli, el dios tutelar de los aztecas, presenta características que lo particularizan en el panteón mesoamericano precisamente porque surge en aquel pequeño grupo nómada norteño que, tras largo peregrinar, se asentó por fin en Tenochtitlan y se convirtió en el pueblo del sol. De tal manera que la distinción entre Mesoamérica y los pueblos que habitaban al norte, aunque es real y es útil para comprender la situación global del México precolonial, no debe entenderse como una barrera que aislara dos mundos radicalmente diferentes, sino como un límite variable de la zona tropical en la que las condiciones climáticas, ante todo la magnitud de la precipitación pluvial, permitían una vida dependiente de la agricultura, a partir de la tecnología disponible. Esto, naturalmente, implica diferencias en muchos órdenes de la cultura; pero no entraña aislamiento ni falta de relación cultural: la experiencia de los cazadores y recolectores del norte, no es ajena a la civilización mesoamericana.
La conformación actual de México, (su diferenciación regional; los contrastes entre norte y sur, altiplano y costas; la preeminencia de los altos valles centrales) si bien descansa en una diversidad geográfica de rotunda presencia, es ante todo el resultado de una historia cultural milenaria, cuya huella profunda no ha sido borrada por los cambios de los últimos 500 años.



Texto tomado de: México Profundo. Una Civilización Negada. De Guillermo Bonfil Batalla, Ed. Grijalbo, México, 1994, pp. 24 – 32.

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